Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Eso es todo lo que queremos —concluyó Mr. Debris—. Yo voy a quedarme aquà y decirle aproximadamente lo que tiene que hacer, y usted ha de comportarse como si yo no estuviera y representar la escena a su manera. No tiene que asustarse pensando que vamos a juzgarla con demasiada severidad. Lo que queremos es, simplemente, hacernos una idea general de su personalidad en la pantalla.
—De acuerdo.
—Encontrará maquillaje en la habitación que hay detrás del decorado. No se ponga demasiado. Muy poco colorete.
—De acuerdo —repitió Gloria, asintiendo con la cabeza. Nerviosa, se mojó los labios con la punta de la lengua.
Al entrar en el decorado por una puerta de madera de verdad y cerrarla cuidadosamente tras de sÃ, Gloria descubrió que no le satisfacÃa la ropa que llevaba. DeberÃa haber comprado un vestido de «jovencita» para aquella ocasión: todavÃa estaba en condiciones de llevarlos, y hubiese sido una buena inversión si servÃa para acentuar su atractivo juvenil.
Pero su mente regresó de golpe al trascendental momento presente al llegarle la voz de Mr. Debris desde el resplandor de las luces blancas que tenÃa enfrente.
—Busca usted a su marido con la mirada… Pero no está… el despacho despierta su curiosidad.
