Hermosos y malditos

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Pocos momentos después Gloria abandonó el estudio. Bloeckman le había prometido que sabría los resultados de la prueba en los próximos días. Demasiado orgullosa para pedir una opinión concreta, Gloria sentía una desconcertante inseguridad, y solo ahora, cuando ya había dado por fin el paso, comprendía hasta qué punto la posibilidad de una carrera brillante en la pantalla había estado presente en su imaginación durante los tres últimos años. Aquella noche trató de repasar consigo misma los elementos que podían influir a su favor o en contra suya. Le preocupaba la posibilidad de no haber usado suficiente maquillaje y, como la chica en cuestión no tenía más que veinte años, se preguntaba si no se habría mostrado algo más seria de lo necesario. Lo que menos le satisfacía era su manera de actuar. La entrada había sido desastrosa —de hecho, hasta llegar al teléfono no había dado muestras de tener una pizca de aplomo— y la prueba se había terminado casi enseguida. ¡Si en el estudio se dieran cuenta de todo eso! Sintió deseos de intentarlo de nuevo. Un plan insensato que consistía en llamar a la mañana siguiente y pedir que le hicieran otra prueba se adueñó de su mente, para desvanecerse con la misma rapidez con que había aparecido. No parecía ni cortés ni diplomático pedirle otro favor a Bloeckman.



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