Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al tercer dÃa de espera Gloria estaba terriblemente nerviosa. Se habÃa mordido el interior de la boca hasta dejarla en carne viva, y le escocÃa muchÃsimo cuando se la enjuagaba con un desinfectante. Consiguió pelearse tantas veces con su marido que Anthony se marchó furioso de casa. Pero como Gloria habÃa conseguido asustarlo con una frialdad fuera de lo corriente, le telefoneó una hora más tarde para disculparse y decirle que comerÃa en el Club Amsterdam, el único del que seguÃa siendo socio.
Era ya más de la una y Gloria habÃa desayunado a las once, de manera que, renunciando al almuerzo, salió a dar un paseo por el parque. A las tres llegarÃa el correo. EstarÃa de vuelta para entonces.
HacÃa una tarde de primavera. Los paseos estaban prácticamente secos y por el parque las niñitas empujaban con mucha seriedad los cochecitos blancos de sus muñecas bajo los árboles sin hojas, seguidas por aburridas niñeras en grupos de dos, hablando entre sà de los tremendos secretos caracterÃsticos de las niñeras.