Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Las dos por su relojito de oro. Tendría que tener otro nuevo, de platino, con forma apaisada e incrustaciones de diamantes… pero los relojes así costaban más que los abrigos de piel de ardilla y, por supuesto, se hallaban ahora fuera de su alcance, como todo lo demás… a no ser que, quizá, la carta deseada estuviera esperándola… dentro de una hora… cincuenta y ocho minutos, más exactamente. Como necesitaba diez para volver a casa, quedaban cuarenta y ocho… cuarenta y siete ya…

Niñitas empujando con mucha seriedad sus cochecitos por los húmedos paseos soleados. Las niñeras conversando en parejas sobre sus inescrutables secretos. Aquí y allá, algún hombre harapiento sentado en hojas de periódico extendidas sobre un banco todavía húmedo no se relacionaba con la deliciosa y radiante tarde sino con la nieve sucia que dormía exhausta en los rincones oscuros, aguardando ser exterminada…

Siglos más tarde, al entrar en el portal mal iluminado, Gloria vio al ascensorista extrañamente silueteado por la luz de la ventana con vidrios de colores.

—¿Hay correo para nosotros? —preguntó ella.

—Está arriba, madame.


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