Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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La centralita había empezado a graznar abominablemente y Gloria esperó a que el martinicano atendiera el teléfono. Fue sintiéndose enferma mientras el ascensor se elevaba entre crujidos: los pisos iban sucediéndose con lentitud de siglos, cada uno de ellos ominoso, acusador, preñado de significados. La carta, una mancha blanca como una pústula, estaba en el suelo sobre los sucios baldosines del descansillo…

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Mi querida Gloria:

Hemos visto la prueba ayer por la tarde, y Mr. Debris parece pensar que necesita una mujer más joven para el personaje que había imaginado. Dijo que la interpretación no era mala, y que había un papel secundario de una viuda rica muy altiva que usted podría…

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Desconsolada, Gloria alzó la vista hasta posarla al otro lado del patio. Pero se dio cuenta de que no distinguía la pared opuesta porque tenía los ojos llenos de lágrimas. Entró en el dormitorio, apretando con la mano la carta hecha un rebujo, y cayó de rodillas delante del gran espejo del armario ropero. Aquel día cumplía veintinueve años, y el mundo se estaba esfumando delante de sus ojos. Trató de convencerse de que había sido el maquillaje, pero sus emociones eran demasiado profundas, demasiado abrumadoras para que aquel pensamiento pudiera proporcionarle el menor consuelo.


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