Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Se esforzó por ver a través de las lágrimas hasta que sintió que se le ponÃa tirante la piel de las sienes. SÃ… era cierto que tenÃa las mejillas un poco chupadas y le habÃan aparecido arrugas diminutas en el rabillo del ojo. Y hasta sus mismos ojos eran diferentes. ¡Sà que eran diferentes…! De repente se dio cuenta de todo el cansancio que denunciaban sus ojos.
—¡Mi rostro! —susurró, quejándose apasionadamente—. ¡Mi belleza! ¡No quiero vivir sin un rostro hermoso! ¿Qué me ha sucedido?
Luego se inclinó hacia el espejo y, como en la prueba cinematográfica, cayó boca abajo sobre el suelo… y se quedó allà sollozando. Era la primera vez en su vida que hacÃa un movimiento desgarbado.