Hermosos y malditos

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3. ¡Da lo mismo!

EN el espacio de un año, Anthony y Gloria eran ya como actores que han perdido su vestuario y les falta el orgullo para seguir interpretando en un registro trágico, de manera que cuando mistress y miss Hulme, de Kansas City, les dieron de lado una noche en el Plaza era únicamente porque mistress y miss Hulme, como la mayoría de la gente, aborrecían los espejos que sirvieran para reflejar sus propios atavismos.

Su nuevo apartamento, por el que pagaban ochenta y cinco dólares al mes, estaba situado en Claremont Avenue, a dos manzanas del río Hudson y de las grises calles cien. Llevaban un mes viviendo allí cuando Muriel Kane fue a verlos un día a última hora de la tarde.

Era un perfecto crepúsculo de una primavera camino ya del verano. Anthony estaba tumbado en el sofá contemplando la calle Ciento veintisiete en dirección al río, cerca del cual podía ver una mancha aislada de árboles verdeantes que garantizaban el escaso sombreado de Riverside Drive. Al otro lado de la corriente se hallaban los Palisades, coronados por la fea estructura del parque de atracciones… sin embargo, muy pronto oscurecería y aquellas mismas telarañas de hierro se convertirían en glorioso resplandor contra el cielo nocturno, en palacio de ensueño situado sobre el brillo sereno de un canal tropical.


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