Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Anthony había descubierto que las calles cercanas al apartamento eran calles donde jugaban los niños, algo más agradables que las que se había acostumbrado a cruzar camino de Marietta, pero aproximadamente del mismo tipo, con algún organillo de cuando en cuando, y en donde, con el fresco del atardecer, muchas parejas de chicas iban andando al drugstore de la esquina a tomar helado con gaseosa y a soñar sueños infinitos bajo un cielo pegado a la tierra.

Anochecer en las calles y niños jugando, niños que lanzaban al aire entusiastas palabras incoherentes que se desvanecían ya muy cerca de la ventana abierta… y Muriel, que había venido en busca de Gloria y charlaba con él desde la opaca oscuridad, al otro lado del cuarto.

—Enciende la lámpara, ¿no te parece? —sugirió ella—. No se ve absolutamente nada.

Con un gesto lleno de cansancio, Anthony se puso en pie y obedeció; los grises cristales de la ventana desaparecieron. Luego, el joven Patch procedió a estirarse. Estaba más gordo, le sobresalía el estómago por encima del cinturón, y todo su cuerpo daba la sensación de haberse ablandado y dilatado. Tenía treinta y dos años y su mente era una triste ruina en desorden.

—¿Una copita, Muriel?


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