Hermosos y malditos

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—Para mí no, gracias. He dejado de beber. ¿Qué haces últimamente, Anthony? —preguntó, inquisitiva.

—Bueno, he estado bastante tiempo ocupado con el pleito —contestó él con aire indiferente—. Está en el tribunal de apelación… tendrían que resolverlo en un sentido u otro para el otoño. Han surgido algunas objeciones sobre si ese tribunal tiene jurisdicción en este asunto.

Muriel chasqueó la lengua e inclinó la cabeza hacia un lado.

—¡Ya podían haberlo decidido! No he oído nunca de nada que llevara tanto tiempo.

—Todos tardan mucho —explicó él desganadamente—; todos los casos de testamentarías. Dicen que es excepcional cerrar alguno en menos de cuatro o cinco años.

—Ah… —Muriel cambió de rumbo audazmente—, ¿por qué no te pones a trabajar? ¡Vago, más que vago!

—¿En qué? —preguntó él con brusquedad.

—En cualquier cosa, imagino. Todavía eres un hombre joven.

—Si me estás dando ánimos, te lo agradezco muy de veras —contestó él fríamente; y luego, con repentino cansancio—: ¿Te preocupa especialmente que no quiera trabajar?


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