Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —A mà no me preocupa… pero sà que preocupa a mucha gente que asegura…
—¡Cielo santo! —dijo Anthony con tono angustiado—; tengo la impresión de que durante tres años no he oÃdo acerca de mà mismo más que historias disparatadas y virtuosas admoniciones. Y estoy cansado de ello. Si no quieres vernos, déjanos en paz. Yo no molesto a mis antiguos «amigos». Pero no necesito visitas de caridad, ni crÃticas disfrazadas de buenos consejos…— Luego añadió, como disculpándose—: Lo siento… pero, de verdad, Muriel, aunque estés visitando a la clase media baja, no debes hablar como una de esas señoras que hacen asistencia social en los barrios pobres. —Anthony volvió hacia ella unos ojos inyectados en sangre y cargados de reproches, unos ojos que habÃan sido en otro tiempo de un azul muy limpio y que ahora estaban debilitados y violentados y medio destrozados por leer cuando estaba borracho.
—¿Por qué dices esas cosas tan horribles? —protestó ella—. Hablas como si Gloria y tú fueseis de la clase media.
—¿Por qué fingir que no lo somos? No soporto a las personas que afirman ser grandes aristócratas cuando ni siquiera pueden mantener las apariencias.
—¿Crees que una persona tiene que tener dinero para ser aristocrática?
Muriel… ¡la demócrata horrorizada…!