Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—No lo sé. Nos limitamos a seguir adelante.

Las dos mujeres se contemplaron una a otra bajo la luz de la lámpara, impotentes las dos, aunque de distinta manera, ante aquella situación. Gloria estaba aún todo lo bonita que le permitían los restos de su belleza: tenía las mejillas arreboladas y llevaba un vestido nuevo que había comprado —imprudentemente— por cincuenta dólares. Había acariciado la esperanza de convencer a Anthony para que salieran aquella noche; para que la llevara a un restaurante o incluso a uno de los grandes y espléndidos salones cinematográficos donde habría unas cuantas personas que la mirasen, y a quienes ella podría mirar a su vez sin sentirse molesta. Lo deseaba porque sabía que sus mejillas estaban encendidas y porque su vestido era nuevo y adecuadamente delicado. Solo muy de tarde en tarde recibían ahora alguna invitación. Pero estas cosas no se las contó a Muriel.

—Gloria, querida, me gustaría que pudiéramos cenar juntas, pero he quedado con un hombre… y son ya las siete y media. Tengo que irme corriendo.

—No podría, de todas formas. He estado enferma todo el día. Sería incapaz de comer nada.


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