Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony abandonó la habitación con una especie de apresuramiento. Las dos mujeres oyeron sus pasos en el corredor y luego la puerta de la calle se cerró de un portazo. Gloria se dejó caer en el asiento. Su rostro resultaba muy hermoso bajo la luz de la lámpara, totalmente en calma, impenetrable.
—¿Qué es lo que pasa? —exclamó Muriel muy afligida.
—Nada de particular. Está borracho.
—¿Borracho? Pero ¡si estaba perfectamente sereno! Hablaba…
Gloria movió la cabeza negativamente.
—No; no se le nota a no ser que apenas sea capaz de mantenerse en pie, y habla con toda normalidad hasta que se excita. Se expresa mucho mejor cuando está borracho que cuando está sereno. Pero se ha pasado todo el día sentado ahí bebiendo… excepto el tiempo que le ha llevado acercarse a la esquina a comprar el periódico.
—¡Es terrible! —Muriel estaba sinceramente conmovida. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. ¿Sucede con mucha frecuencia?
—¿Te refieres a emborracharse?
—No; a que se vaya y te deje.
—Sí. Muchas veces. Volverá hacia medianoche… llorará y me pedirá que lo perdone.
—¿Y lo haces?