Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —SÃ. —Gloria se volvió hacia Muriel—. Ayer pagó setenta y cinco dólares por una caja de botellas de whisky.
—¿Y qué hay de malo en ello? Sale más barato que si lo compras por botellas. Y no hace falta que finjas que tú no lo pruebas.
—Por lo menos no bebo durante el dÃa.
—¡Eso sà que es afinar! —exclamó él, poniéndose en pie con enfermiza indignación—. Y lo que es más, ¡no estoy dispuesto a consentir que me lo eches en cara cada cinco minutos!
—No digo más que la verdad.
—¡No es cierto! ¡Y estoy harto de esa sempiterna manÃa tuya de criticarme delante de las visitas! —HabÃa conseguido excitarse hasta el punto de que los brazos y los hombros le temblaban de manera visible—. Se dirÃa que soy yo quien tiene la culpa de todo. ¡Como si tú no me hubieses animado a gastar el dinero… y no te hubieses gastado en ti misma muchÃsimo más que yo!
Ahora fue Gloria quien se puso en pie.
—¡No te permito que me hables de esa manera!
—De acuerdo; ¡no tienes por qué hacerlo!