Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Lo era —murmuró Gloria—, en cierto modo.
—Pero las personas brillantes no se dedican a los negocios… ¿o sà lo hacen? O si no, ¿qué es lo que hacen? ¿Qué sucede con todas las personas que uno conocÃa y con las que tenÃa tantas cosas en común?
—Se van distanciando —sugirió Muriel con la adecuada mirada soñadora.
—Cambian —dijo Gloria—. Todas las cualidades que no se usan en la vida diaria se van llenando de telarañas.
—La última cosa que me dijo —recordó Anthonyfue que iba a trabajar hasta conseguir olvidarse de que no existe nada por lo que merezca la pena trabajar.
Muriel se apropió aquello enseguida.
—Eso es lo que tú tendrÃas que hacer —exclamó triunfalmente—. Por supuesto, no creo que haya nadie que esté dispuesto a trabajar por nada. Pero eso te darÃa algo que hacer. En cualquier caso, ¿dónde os metéis? Nadie os ve nunca en Montmartre ni… en ningún otro sitio. ¿Es que estáis ahorrando?
Gloria se echó a reÃr desdeñosamente, mirando a Anthony con el rabillo del ojo.
—Vamos a ver —preguntó él—, ¿de qué te estás riendo?
—Sabes perfectamente de qué me estoy riendo —contestó ella con frialdad.
—¿De la caja de botellas de whisky?