Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Pero a Anthony no le gustaba nada estar sereno, porque eso le hacía consciente de la gente que se hallaba a su alrededor, de la atmósfera de lucha, de voraces ambiciones, de esperanzas más sórdidas que la desesperación, del incesante subir y bajar que en todas las metrópolis se hace más evidente gracias a esa clase media que tiene tan poca estabilidad. Incapaz de vivir con los ricos, Anthony pensaba que después de ellos hubiese preferido vivir con los muy pobres. Cualquier cosa era mejor que aquel cáliz de sudor y de lágrimas.
El sentimiento del enorme panorama de la vida, que en Anthony nunca alcanzara gran desarrollo, se había empequeñecido hasta casi desaparecer. Muy de tarde en tarde algún incidente, algún gesto de Gloria apelaba a su imaginación, pero los grises velos de la indiferencia habían caído definitivamente sobre él. A medida que se hacía más viejo aquellas cosas palidecían… al final solo quedaba el vino.