Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Anthony, el cortés, el sutil, el perspicaz Anthony, se emborrachaba todos los días: en Sammy’s con estos hombres, en el apartamento en compañía de un libro, algún libro que ya conocía, o, muy raras veces, con Gloria, que, para sus ojos, había empezado a desarrollar los rasgos inconfundibles de una mujer pendenciera y poco razonable. Ya no era la Gloria de antes, desde luego: la Gloria que, de haber estado enferma, hubiese preferido hacer sufrir a todas las personas que estuvieran a su alrededor antes de confesar que necesitaba consuelo o ayuda. Gloria era ya perfectamente capaz de gemir y de compadecerse de sí misma. Todas las noches antes de acostarse se embadurnaba la cara con algún nuevo ungüento con el que esperaba, ilógicamente, recobrar el brillo y la lozanía de su ajada belleza. Cuando Anthony estaba borracho se burlaba de ella con este motivo. Cuando estaba sereno era cortés con ella, y en ocasiones hasta tierno; durante algunas breves horas parecía capaz de exhibir algún resto de la vieja cualidad consistente en entender demasiado bien para condenar; la misma cualidad que lo había empujado con celeridad y sin descanso hacia su propia ruina.





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