Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Era, simultáneamente, el producto más común y más notable de una civilización. Era nueve de cada diez personas que uno se cruza por las calles de una ciudad… y también un mono sin pelo que ha aprendido dos docenas de mañas. Era el héroe de mil historias románticas en la vida y en el arte… y también un tonto casi integral, que habÃa llevado a cabo, de manera tan juiciosa como absurda, una serie de complicadas e increÃblemente asombrosas epopeyas durante un perÃodo de sesenta años.
Con hombres como estos dos, Anthony Patch bebÃa y conversaba y bebÃa y discutÃa. Le gustaban porque no sabÃan nada de él, porque vivÃan en la obvia realidad del presente y no tenÃan ni la más remota idea de la inevitable continuidad de la vida. No presenciaban una pelÃcula con bobinas consecutivas, sino una charla sobre viajes con diapositivas, donde todos los valores estaban rÃgidamente definidos y de donde solo se sacaban conclusiones desconcertantes. Sin embargo, ellos mismos no se sentÃan desconcertados porque no habÃa en ellos la menor posibilidad de confusión: de mes en mes cambiaban de frases con la misma facilidad con que cambiaban de corbata.