Hermosos y malditos

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Debajo de un rótulo impreso en el que se leía Literatura norteamericana, Dick le señaló seis largas hileras de libros, maravillosamente encuadernados y, evidentemente, cuidadosamente escogidos.

—Y aquí están los novelistas contemporáneos.

Fue entonces cuando Anthony se dio cuenta de la estratagema. Metidos entre Mark Twain y Dreiser figuraban ocho extraños volúmenes muy poco apropiados, las obras de Richard Caramel: El amante demoníaco legítimamente… pero también otros siete volúmenes que eran horrendos, sin sinceridad ni encanto de ninguna clase.

De mala gana Anthony lanzó una mirada al rostro de Dick y descubrió en él una expresión de inseguridad apenas perceptible.

—He incluido mis propios libros, por supuesto erijo Richard Caramel apresuradamente——, aunque uno o dos sean un tanto desiguales… Me temo que escribí demasiado deprisa cuando tuve aquel contrato fijo con una revista. Sin embargo, no creo en falsas modestias. Es cierto que algunos críticos no me han prestado mucha atención desde que me convertí en un autor consagrado… pero, después de todo, los críticos no cuentan. No son más que papanatas.

Por primera vez desde hacía tanto tiempo que apenas era capaz de recordarlo, Anthony sintió una pizca del antiguo y agradable desprecio que su amigo le inspirara en otros tiempos. Richard Caramel continuó:


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