Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —No sé si sabes que mis editores me han estado haciendo publicidad como el Thackeray de Estados Unidos… debido a mi novela sobre Nueva York.
—Sà —consiguió responderle Anthony—; supongo que hay mucho de verdad en lo que dices.
Anthony sabÃa que su desprecio no era razonable. SabÃa que se hubiese cambiado por Dick sin pensárselo dos veces. Él mismo se habÃa esforzado al máximo tratando de escribir insinceramente. Bien, entonces… ¿puede un hombre menospreciar el trabajo de toda una vida tan fácilmente…?
Y aquella noche, mientras Richard Caramel se afanaba, pulsando con frecuencia la tecla equivocada, y, con gran torcimiento de sus cansados y desiguales ojos, elaboraba sus porquerÃas hasta las melancólicas horas en que se apagan los fuegos y la cabeza empieza a dar vueltas debido al prolongado esfuerzo de concentración, Anthony, lamentablemente borracho, iba espatarrado en el asiento de atrás de un taxi camino del apartamento de Claremont Avenue.