Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Bueno, veamos… ¿No conoces a algún amigo al que puedas recurrir?

—Lo he intentado con un par de ellos. No he encontrado a nadie en casa. Ojalá hubiese vendido esa carta de Keats como pensaba hacer la semana pasada.

—¿Y esos individuos con los que juegas a las cartas en Sammy’s?

—¿Piensas que voy a pedirles dinero a ellos? —Su voz se llenó de virtuoso horror. Gloria dio un respingo. Anthony prefería exponerla a ella a una grave molestia antes que sentir la vergüenza de pedir un favor a la persona inadecuada—. Yo había pensado en Muriel —sugirió.

—Está en California.

—Bien, ¿y alguno de los hombres con quienes lo pasaste tan bien mientras yo estaba en el ejército? Uno pensaría que quizá les gustara hacerte un pequeño favor.

Gloria le lanzó una mirada llena de desprecio, pero él no se dio por aludido.

—¿O quizá tu antigua amiga Rachel, o Constance Merrian?

—Constance Merrian lleva un año muerta y no pienso pedirle nada a Rachel.

—Bien, ¿y qué me dices de aquel caballero que en una ocasión estaba tan deseoso de ayudarte que apenas conseguía contenerse, Bloeckman?


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