Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Por fin había conseguido herirla, y Anthony no era ni lo suficientemente obtuso ni lo suficientemente descuidado para no darse cuenta.

—¿Por qué no pedirle ayuda a él? —insistió cruelmente.

—Porque… he dejado de gustarle — dijo ella a duras penas, y luego, como él no contestaba y se limitaba a mirarla cínicamente, añadió—: Si te interesa saber por qué, te lo contaré. Hace un año fui a ver a Bloeckman (se ha cambiado el nombre por Black) y le pedí que me diera trabajo en el cine.

—¿Fuiste a ver a Bloeckman?

—Sí.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, incrédulo, mientras la sonrisa se iba borrando de su rostro.

—Probablemente porque estabas fuera, bebiendo en cualquier sitio. Me hicieron una prueba y decidieron que no era lo bastante joven; que solo servía para papeles de carácter.

—¿Papeles de carácter?

—La mujer de treinta años y ese tipo de cosas. Yo todavía no los había cumplido, y no me pareció que tuviese aspecto de tenerlos.

—¡Maldito sea! —exclamó Anthony, defendiéndola apasionadamente, con una curiosa inversión de emociones.


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