Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Tienes mucha razón… me habÃa olvidado. Ya sé lo que voy a hacer: voy a ir a Sammy’s y allà encontraré a alguien que me preste unos dólares. Me sabe muy mal tener que pedÃrselos a ellos, desde luego… —Repentinamente chasqueó los dedos—. Ya tengo la solución. Empeñaré el reloj. Me darán veinte dólares, y puedo recuperarlo el lunes, pagando sesenta centavos más. Ya lo empeñé una vez… cuando estaba en Cambridge.
Se habÃa puesto el abrigo, y con un «Hasta luego» echó a andar pasillo adelante, en dirección a la puerta de la calle.
Gloria se puso en pie. De repente se le habÃa ocurrido adónde irÃa primero su marido, probablemente.
—¡Anthony! —lo llamó—, ¿no serÃa mejor que me dieras dos dólares a mÃ? Solo necesitas dinero para el metro.
La puerta de la calle se cerró con un portazo; Anthony habÃa fingido no oÃrla. Gloria se quedó inmóvil unos momentos, como siguiéndolo aún con la vista; luego entró en el cuarto de baño y, rodeada de sus trágicos ungüentos, inició los preparativos para lavarse el pelo.