Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al llegar a Sammy’s Anthony se encontró con Parker Allison y Pete Lytell, que estaban solos en una mesa, bebiendo whisky-sours. Era muy poco después de las seis, y Sammy, o Samuele Bendiri, que fue como lo bautizaron, estaba barriendo hacia un rincón un amasijo de colillas y cristales rotos.
—¡Hola, Tony! —exclamó Parker Allison al ver al joven Patch. Unas veces lo llamaba Tony, y otras Dan. Para él todos los Anthonys tenían que andar por el mundo con uno de aquellos dos diminutivos.
—Siéntate. ¿Qué quieres tomar?
En el metro Anthony había contado el dinero que tenía, descubriendo que eran casi cuatro dólares. Podía pagar dos rondas a cincuenta centavos la copa… lo que significaba seis consumiciones para él. Luego iría a la Sexta Avenida, donde le darían veinte dólares y una papeleta de empeño a cambio de su reloj.
—¡Qué tal, maleantes! —dijo con tono jovial—. ¿Cómo anda el mundo de la delincuencia?
—En plena forma —dijo Allison, guiñando un ojo a Pete Lytell—. Es una lástima que seas un hombre casado. Tenemos apartado un material muy bueno para eso de las once, cuando acaba la última sesión de los espectáculos. ¡Cosa fina, muchacho! Sí, señor… es una lástima que esté casado, ¿no es cierto, Pete?
—Una verdadera lástima.