Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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A las siete y media, cuando habían terminado las seis rondas, Anthony descubrió que sus intenciones estaban prestando oídos a sus deseos. Se sentía feliz y alegre en aquel momento: lo estaba pasando francamente bien. Le parecía que el chiste que acababa de contar Pete era extraordinaria y profundamente divertido… y decidió, como hacía todos los días al llegar a aquel punto, que sus acompañantes eran «¡unos tíos estupendos, caramba!», dispuestos a hacer por él mucho más que ninguna de las personas que conocía. Las casas de empeños estaban abiertas hasta muy tarde los sábados por la noche, y Anthony tuvo el convencimiento de que con solo otra copa que se tomara alcanzaría un maravilloso pináculo de alegría color de rosa.

Astutamente empezó a buscar en los bolsillos del chaleco, sacó dos monedas de veinticinco centavos, y se quedó mirándolas con expresión sorprendida.

—Vaya, ¡sí que tiene gracia! — protestó, apesadumbrado—. He salido de casa sin la cartera.

—¿Necesitas dinero? —le preguntó Lytell de manera muy espontánea.

—Me lo he dejado encima de la cómoda. Y quería invitaros a otra copa.

—Note calientes la cabeza. —Lytell rechazó la sugerencia con aire despectivo—. Estoy seguro de que podemos invitar a un buen tipo como tú a todas las copas que quiera. ¿Qué vas a tomar? ¿Lo mismo?


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