Hermosos y malditos

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Muy poco después de las nueve Anthony se puso en pie con dificultad y, después de desear a sus amigos unas confusas buenas noches, llegó tambaleándose hasta la puerta, pero antes de salir alargó a Sammy una de sus dos monedas de veinticinco centavos. Ya en la calle dudó un momento y luego echó a andar en dirección a la Sexta Avenida, donde recordaba haber pasado muchas veces junto a varias casas de empeños. Dejó atrás un quiosco de periódicos y dos drugstores… y luego se dio cuenta de que se hallaba delante del sitio que buscaba y de que ya habían cerrado. Anthony siguió andando sin perder la calma; media manzana más allá había otro, también cerrado; lo mismo sucedía con dos en la acera de enfrente, y con un quinto, en la plaza que venía a continuación. Al ver una débil luz en este último, empezó a aporrear la puerta de cristal, y solo desistió cuando del fondo de la tienda salió un vigilante nocturno y le indicó con gesto colérico que se marchara. Con desánimo y perplejidad crecientes, Anthony cruzó de nuevo y echó a andar hacia la calle Cuarenta y tres. En la esquina más próxima a Sammy’s se detuvo indeciso… si volvía al apartamento… como el cuerpo le pedía, se vería expuesto a amargos reproches; pero ahora que las casas de empeños estaban cerradas, no tenía la menor idea de dónde conseguir el dinero. Finalmente decidió que no había inconveniente en pedírselo a Parker Allison, después de todo… pero al acercarse más a Sammy’s encontró la puerta cerrada y apagadas las luces. Miró el reloj: eran las nueve y media. Empezó a andar.


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