Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Diez minutos después se detuvo sin saber qué hacer en la esquina de la calle Cuarenta y tres con Madison Avenue, frente por frente, en sentido diagonal, de la muy iluminada pero casi desierta entrada del hotel Biltmore. Anthony se quedó un momento en aquel lugar, y luego se sentó pesadamente sobre una tabla húmeda entre otros desechos de una obra en construcción. Descansó allí durante casi media hora, su mente un cambiante entretejido de pensamientos superficiales, el más importante de los cuales era que tenía que conseguir algún dinero y volver a casa antes de que estuviese demasiado torpe para encontrar el camino.
Luego, al alzar la mirada en dirección al Biltmore, vio a un hombre directamente debajo del resplandor vertical de las luces de la puerta cochera, acompañado de una mujer con un abrigo de armiño. Mientras Anthony los contemplaba, la pareja se adelantó, llamando a un taxi. Anthony advirtió, gracias a ese infalible método de identificación que consiste en reconocer los andares de un amigo, que se trataba de Maury Noble.
Inmediatamente se puso en pie.
—¡Maury! —gritó.