Hermosos y malditos

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Maury miró en su dirección, volviéndose luego hacia la muchacha en el momento en que el taxi se detenía delante de ellos. Con la caótica idea de pedirle diez dólares prestados, Anthony empezó a correr lo más deprisa que pudo para cruzar Madison Avenue y continuar luego por la calle Cuarenta y tres.

Cuando llegó a la altura de Maury, su antiguo amigo estaba junto a la puerta abierta del taxi. Su acompañante se volvió y miró a Anthony con extrañeza.

—¡Hola, Maury! —dijo, ofreciéndole la mano—. ¿Qué tal estás?

—Muy bien, gracias.

Cuando retiraron la mano, Anthony vaciló. Maury no hizo el menor gesto de presentarle a su acompañante; se limitó a quedarse inmóvil, contemplándolo envuelto en inescrutable silencio felino.

—Quería verte… —empezó Anthony irresoluto. No le parecía que fuese posible pedir un préstamo con la chica a menos de cuatro pies, de manera que se interrumpió y movió la cabeza de manera perceptible como haciéndole señas a Maury para que se apartaran un poco.

—Tengo mucha prisa, Anthony.

—Lo sé… pero ¿no podrías…? —dudando de nuevo.

—Te veré en otra ocasión —dijo Maury.

—Es importante.

—Lo siento, Anthony.


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