Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Antes de que el joven Patch se decidiera a pedirle el dinero de sopetón, Maury se había vuelto fríamente hacia la muchacha, la ayudó a subir al taxi y, con un cortés «Buenas noches», entró tras ella. Mientras le hacía una inclinación de cabeza desde el otro lado de la ventanilla, Anthony pensó que la expresión de Maury no había cambiado en lo más mínimo. Luego, con malhumorado estruendo, el taxi se puso en marcha y Anthony se quedó solo bajo las luces.
El joven Patch entró en el Biltmore, sin otra razón particular que la proximidad de la puerta, y, subiendo las anchas escaleras, encontró asiento en un rincón. Era terriblemente consciente de que se le había hecho un desprecio; se sentía todo lo dolido y enfadado que le permitía el estado en que se encontraba. Sin embargo, seguía testarudamente preocupado por la necesidad de obtener algún dinero antes de regresar a su casa, y una vez más contó con los dedos las personas a las que resultaba plausible acudir en aquella crítica situación. Finalmente decidió que podía ponerse en contacto con Mr. Howland, su agente de bolsa, telefoneando a su casa.
Después de una larga espera le informaron de que Mr. Howland había salido. Anthony regresó junto a la telefonista, inclinándose sobre el mostrador y dando vueltas entre los dedos a su moneda de veinticinco centavos, como reacio a marcharse sin algún resultado positivo.