Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony cogió los cinco centavos que le devolvieron y se puso en camino del Boul’ Mich’, una sala de baile muy popular situada en la calle Cuarenta y cinco. Eran casi las diez, y las calles seguirÃan oscuras y prácticamente desiertas hasta que los teatros terminaran sus espectáculos una hora más tarde. Anthony conocÃa el Boul’ Mich’ porque habÃa estado allà con Gloria el año anterior, y recordaba la existencia de una regla según la cual solo admitÃan clientes vestidos de etiqueta. Bien, no subirÃa; mandarÃa a un botones en busca de Bloeckman y lo esperarÃa en el vestÃbulo del piso bajo. No dudó ni por un momento de que aquella empresa fuera perfectamente lógica y discreta. Para su deformada imaginación Bloeckman se habÃa convertido en uno de sus viejos amigos.
En el vestÃbulo de entrada del Boul’ Mich’ hacÃa calor. Luces amarillas colocadas en lo alto iluminaban una gruesa alfombra verde, desde el centro de la cual una escalera blanca llevaba al piso alto, donde estaba la sala de baile.
—Quiero ver a Mr. Bloeckman… Mr. Black —le dijo al portero—. Está en el piso de arriba… Haga el favor de buscarlo.
El portero hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Va contra las reglas de la casa llamarlo en voz alta. ¿Sabe usted en qué mesa está?
—No. Pero tengo que verlo.