Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Espere un momento y le buscaré a un camarero.
Al cabo de un rato apareció el encargado del comedor, con una lista de las mesas reservadas. La mirada irónica que lanzó a Anthony no tuvo el menor efecto sobre su destinatario. Juntos se inclinaron sobre el papel y encontraron sin dificultad lo que buscaban: un grupo de ocho, a nombre del mismo Mr. Black.
—Dígale que Mr. Patch quiere verlo. Muy importante.
De nuevo esperó, apoyado contra una barandilla, escuchando las confusas armonías de «Loco por el jazz» que bajaban flotando por las escaleras. Una chica del guardarropa estaba cantando cerca de él:
Allá, en el sanatorio del shinimee residen los locos del jazz. Allá, en el sanatorio del shimmee, dejé a mi pudorosa novia. Se agitó tanto bailando que perdió la razón, y ahora tendrá que tiritar hasta recobrarla…
Luego vio a Bloeckman bajando la escalera, y dio unos pasos para salir a su encuentro y estrecharle la mano.
—¿Quería usted verme? —dijo fríamente el hombre de más edad.
—Sí —respondió Anthony, asintiendo con la cabeza—, un asunto personal. ¿No le importa que nos apartemos un poco?