Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Mirándolo fijamente, Bloeckman siguió a Anthony a un entrante en forma de media luna que hacÃan las escaleras y donde no podÃa verlos ni oÃrles ninguna de las personas que entraban o salÃan del restaurante.
—¿Y bien? —quiso saber Bloeckman.
—QuerÃa hablar con usted.
—¿Acerca de qué?
Anthony se limitó a reÃr: una risa tonta; su intención era que pareciese espontánea.
—¿De qué quiere usted hablarme? —repitió Bloeckman.
—¿Qué prisa tenemos? —Trató de poner una mano en el hombro de Bloeckman en gesto amistoso, pero el otro se apartó ligeramente—. ¿Qué tal le va?
—Muy bien, gracias… Mire, Mr. Patch, estoy con un grupo en el piso de arriba, y a mis amigos les parecerá descortés que tarde mucho en volver. ¿Para qué querÃa usted verme?
Por segunda vez aquella noche, la mente de Anthony dio un brusco salto, y dijo algo que no tenÃa ninguna intención de decir.
—Tengo entendido que no deja usted trabajar a mi mujer en el cine.
—¿Cómo? —El rostro rubicundo de Bloeckman se oscureció creando zonas de sombra.
—Ya me ha oÃdo.