Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Escuche, Mr. Patch —dijo Bloeckman con voz tranquila y sin cambiar de expresión—, está usted borracho. Repugnante e insultantemente borracho.
—No demasiado borracho para hablar con usted —insistió Anthony con una mirada socarrona—. En primer lugar, mi mujer no quiere tener ninguna relación con usted. Nunca ha querido. ¿Me entiende?
—¡Cállese! —dijo el hombre de más edad, indignado—. Hubiera pensado que respetaba usted lo suficiente a su mujer como para no sacarla a relucir en estas circunstancias.
—No se preocupe de si respeto a mi mujer. Solo quiero decirle una cosa… déjela en paz. ¡Váyase al infierno!
—Mire… ¡creo que está usted un poco loco! —exclamó Bloeckman. Dio dos pasos al frente como para marcharse, pero Anthony se interpuso en su camino.
—No tan deprisa, maldito judÃo.
Estuvieron mirándose un momento, Anthony balanceándose suavemente de un lado a otro, Bloeckman temblando casi de indignación.
—¡Tenga cuidado con lo que dice! — exclamó con voz muy tensa.
Anthony podrÃa haberse acordado de cierta mirada que Bloeckman le lanzara en el hotel Biltmore años atrás. Pero no recordaba nada, absolutamente nada…
—Lo diré otra vez, ¡mal…!