Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Entonces Bloeckman le lanzó un directo con toda la fuerza de un hombre de cuarenta y cinco años en buenas condiciones físicas, y su puño golpeó a Anthony directamente en la boca. El joven Patch se estrelló contra la pared y al recuperarse se abalanzó sobre su adversario, pero Bloeckman, que hacía ejercicio todos los días y sabía algo de boxeo, lo evitó sin dificultad, llegándole a la cara con dos rápidos golpes cortos extraordinariamente eficaces. Anthony dejó escapar un gruñido y se desplomó sobre la lujosa alfombra verde, descubriendo, mientras caía, que tenía la boca llena de sangre y que los dientes delanteros parecían bailarle de una manera muy extraña. Consiguió ponerse en pie jadeando y escupiendo, y cuando se dirigía de nuevo hacia Bloeckman, inmóvil a unos pies de distancia, con los puños apretados pero caídos a los lados del cuerpo, dos camareros que habían surgido de la nada lo agarraron por los brazos reduciéndolo a la impotencia. Detrás de ellos se había congregado milagrosamente una docena de personas.
—Lo mataré —exclamó Anthony, tratando de soltarse—. Déjenme matar…
—¡Échenlo a la calle! —ordenó Bloeckman acaloradamente, mientras un hombrecillo marcado de viruelas se abría camino a toda prisa entre los espectadores.
—¿Algún problema, Mr. Black?