Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¡Este borrachÃn trataba de hacerme chantaje! —dijo Bloeckman, y luego, poniendo en la voz una nota de orgullo vagamente discordante, añadió—: ¡Se ha llevado su merecido!
El hombrecillo se volvió hacia uno de los camareros.
—¡Llame a la policÃa! —ordenó.
—No —dijo Bloeckman rápidamente—. No merece la pena. Basta con echarlo a la calle… ¡Nunca he visto cosa más inconcebible! El magnate cinematográfico se dio la vuelta y con estudiada dignidad se dirigió a los lavabos mientras seis manos musculosas se apoderaban de Anthony y lo arrastraban hacia la puerta. El «borrachÃn» fue violentamente lanzado contra la acera, donde aterrizó sobre las manos y las rodillas con un grotesco ruido como de una bofetada, para luego rodar lentamente y acabar tumbado de lado.
El golpe lo atontó. Se quedó tumbado un momento sintiendo un agudo dolor equitativamente distribuido. Luego el malestar se concentró en el estómago, y recuperó el conocimiento para descubrir que alguien lo estaba empujando con el pie.
—¡Tienes que marcharte de aquÃ, borrachÃn! ¡Vamos, espabila!