Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Era un voluminoso portero el que le hablaba. Un sedán se habÃa detenido junto a la acera y sus ocupantes se apearon… es decir, dos de las mujeres se habÃan quedado sobre el guardabarros, esperando con ofendida delicadeza a que aquel desagradable obstáculo desapareciera de su camino.
—¡Márchate! ¡De lo contrario te echaré yo!
—Espere… yo lo ayudaré.
Era una voz distinta; a Anthony le pareció un poco más tolerante, mejor dispuesta que la otra. De nuevo se vio rodeado por unos brazos que, alzándolo y arrastrándolo a medias, lo llevaron hasta una agradable sombra cuatro portales calle arriba y lo apoyaron contra la fachada de piedra de una sombrererÃa de señoras.
—Muy agradecido —murmuró Anthony débilmente. Alguien le caló el sombrero y el joven Patch dio un respingo.
—Estése quieto amigo, y se sentirá mejor. Esos tipos le han hecho un buen chichón.
—Voy a volver a matar a ese sucio… —Trató de ponerse en pie pero solo consiguió derrumbarse hacia atrás contra la pared.
—Ahora no puede usted hacer nada — continuó la voz—. Tendrá que ser en otra ocasión. Se lo digo como lo siento, ¿comprende? Quiero ayudarlo.
Anthony asintió con la cabeza.