Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —Será mejor que se vaya a casa. Esta noche ha perdido un diente, amigo. ¿Se ha dado cuenta?
Anthony se exploró la boca con la lengua, comprobando la afirmación de su acompañante. Luego, haciendo un esfuerzo, alzó la mano y localizó el hueco.
—Voy a llevarlo a casa, amigo. ¿Por dónde vive…?
—¡Dios del cielo! —le interrumpió Anthony, apretando los puños con gran pasión—. Ya le enseñaré yo a esa sucia cuadrilla. Ayúdeme y no se arrepentirá. Mi abuelo es Adam Patch, de Tarrytown…
¿Quién?
—¡Adam Patch, caramba!
—¿Quiere ir hasta Tarrytown?
—No.
—Bien; dígame dónde hay que ir, amigo, y yo buscaré un taxi.
Anthony comprobó que su samaritano era un tipo de corta estatura y ancho de hombros, bastante baqueteado por la existencia.
—¿Dónde vive, eh?
A pesar de los golpes y de la borrachera, Anthony se dio cuenta de que su dirección no iba a estar a la altura de aquella estúpida fanfarronada acerca de su abuelo.
—Consígame un taxi —ordenó, buscándose en los bolsillos.