Hermosos y malditos

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Al acercarse el coche, Anthony trató de levantarse, pero el tobillo se le torció, como si estuviera partido por la mitad. El samaritano no tuvo más remedio que ayudarlo… y subir al taxi tras él.

—Mire, camarada —le dijo a Anthony—, está usted borracho y le han pegado una paliza; no va a ser capaz de entrar en casa a no ser que alguien lo lleve, de manera que voy a ir con usted y sé que sabrá agradecérmelo. ¿Dónde vive?

Anthony le dio su dirección a regañadientes. Luego, cuando el taxi se puso en movimiento, apoyó la cabeza contra el hombro de su acompañante, sumiéndose en un dolorido letargo. Cuando despertó, el hombre le había sacado del taxi delante del apartamento de Claremont Avenue y estaba tratando de que se mantuviera en pie.

—¿Puede andar?

—Sí… más o menos. Será mejor que no entre conmigo. —De nuevo se buscó impotentemente en los bolsillos—. ¡Oiga! —continuó, tratando de disculparse—. Mucho me temo que no me queda ni un centavo.

—¿Cómo?

—Que estoy sin blanca.

—¡Vaya! ¿No me prometió que no tendría que arrepentirme? ¿Quién va a pagar el taxi? —Se volvió hacia el conductor para que corroborara sus palabras—. ¿No le oyó usted? ¿Y todo lo que dijo acerca de su abuelo?


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