Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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La vida práctica me resulta odiosa; sólo la necesidad de ir a sentarse a horas fijas en un comedor me llena el alma de un sentimiento de miseria. Pero cuando me meto en ella (en la vida práctica), cuando me siento (a la mesa), me desenvuelvo tan bien como los demás. Querrías presentarme a Béranger; también yo lo deseo. Es una gran naturaleza que me conmueve. Pero hay una inmensa desgracia, y hablo de sus obras: es la clase de admiradores que tiene. Hay genios enormes que no tienen más que un defecto, un vicio, y es el de ser apreciados sobre todo por los espíritus vulgares, por los corazones de poesía fácil. Béranger lleva treinta años alimentando los amores estudiantiles y los sueños sensuales de los viajantes de comercio. Sé muy bien que no escribe para ellos; pero quienes lo sienten son sobre todo esas gentes. Además, por mucho que digan, la popularidad, que parece ensanchar el genio, lo vulgariza, porque la verdadera Belleza no es para la masa, sobre todo en Francia. Hamlet siempre gustará menos que La señorita de Belle-Isle. En lo que a mí respecta, Béranger no me habla de mis pasiones, ni de mis sueños, ni de mi poesía. Lo leo históricamente, pues es un hombre de otra época. Era auténtico en su tiempo, ya no lo es para el nuestro. Su amor feliz, que canta tan alegremente a la ventana de su buhardilla, es para nosotros, jóvenes de hoy, algo del todo extraño; se admira como el himno de una religión desaparecida, pero no se siente. He visto a tantos imbéciles, a tantos burgueses estrechos, cantar «sus mendigos» y «su Dios de la buena gente», que verdaderamente ha de ser un gran poeta para haber resistido en mi mente a todas esas prodigiosas sacudidas. Lo que me gusta para mi consumo particular son los genios un poco menos agradables al tacto, más desdeñosos del pueblo, más retirados, más altivos en sus maneras y en sus gustos; o bien, el único que puede reemplazar a todos los demás, el viejo Shakespeare, al que voy a releer de cabo a rabo, y al que esta vez no pienso abandonar hasta que las páginas se me hayan quedado entre los dedos. Cuando leo a Shakespeare me vuelvo más grande, más inteligente y más puro. Llegado a la cima de una de sus obras, me parece que estoy en una alta montaña: todo desaparece y todo aparece. Ya no se es hombre, se es ojo; surgen horizontes nuevos, las perspectivas se prolongan hasta el infinito; no pensamos que hemos vivido también en esas cabañas que apenas se divisan, que hemos bebido en todos esos ríos que parecen más pequeños que arroyos, que, en fin, nos hemos agitado en ese hormiguero y que formamos parte de él. Escribí hace tiempo, en un impulso de orgullo feliz (y que ya quisiera recuperar), una frase que entenderás. Era a propósito de la alegría causada por la lectura de los grandes poetas: «Me parecía a veces que el entusiasmo que me producían me convertía en su igual y me elevaba hasta ellos». Bueno, ya está lleno mi papel, y no te he dicho ni palabra de lo que quería decirte. Tengo que ir a Ruán (mis gradables parientes me hacen ir a menudo, quince días más así; son perpetuos paseos. Molière olvidó una especie de pelmazo, el Pariente), para reclamar en el ferrocarril un sillón que me mandan de París. Es un sillón grande para escribir, de respaldo alto, estilo Luis XIII, de tafilete verde y madera torneada. Lo estrenaré mañana para escribirte. Vamos, tonta, te has vuelto a enfadar por lo que te dije sobre la Nochevieja. Te lo había dicho simplemente para entretenerte. Parece que soy muy poco perspicaz para contigo. Mi ciencia se desmorona ante las mujeres. Es cierto que se trata de un capítulo en que la línea siguiente te demuestra siempre que no has entendido nada de la anterior.


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