Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Hay en la carta incluida una frase cuyo sentido te podrías preguntar; es cuando digo que me he vuelto feo. Pues es muy cierto. Hace diez años es cuando habrías tenido que conocerme. Tenía una distinción de figura que he perdido; mi nariz era menos gorda, y mi frente carecía de arrugas. Aún hay momentos en que, cuando me miro, me parezco bien; pero hay muchos en que me produzco el efecto de un perfecto burgués. ¿Sabes que, en mi infancia, las princesas detenían sus coches para tomarme en sus brazos y besarme? Un día en que la duquesa de Berry, de paso por Ruán, paseaba por los muelles, se fijó en mí, entre la muchedumbre, en brazos de mi padre, que me levantaba para que pudiese ver el cortejo. Su calesa iba al paso; la hizo detener, y disfrutó mirándome y besándome. Mi pobre padre volvió a casa contentísimo por el triunfo. Por supuesto, es el único que obtendré en mi vida. Aún me estremezco al pensar en el movimiento de orgullosa dicha que debió de agitar ese corazón apagado, grande y bueno. Comprendo como cualquier otro lo que debe de experimentarse viendo dormir a un hijo. Yo no habría sido mal padre; pero ¿para qué hacer salir de la nada lo que duerme? Hacer venir a un ser es traer a un desdichado. «¿Por qué se ha dado la luz a un desgraciado, y la vida a quienes tienen amargura en el corazón?» Job es quien lo dice. ¿Te gusta ese libro? Es uno de los más hermosos, desde que se escriben libros. ¿Te has nutrido de la Biblia? Durante más de tres años no he leído otra cosa por la noche, antes de dormirme. Al primer momento libre que tenga, volveré a empezar. He emprendido muchas cosas bastante largas, de las que querría librarme. Es posible, como me indicas, que yo lea demasiado, aunque apenas leo. A fin de cuentas, el estudio añade poco; pero excita. Además, ahora siempre tengo miedo de escribir. ¿Sientes, como yo, antes de empezar una obra, una especie de terror religioso y como una aprensión de mermar el sueño? Algo que me conmovió mucho es lo que dice Gibbon, al final de su historia, cuando habla de la melancolía que le vino al corazón al ver que había terminado la obra en la que había pasado ya treinta años. Además, la imaginación es una facultad que hay que condensar, creo, para darle fuerza, extenderla para darle longitud. Mis ideas, lentejuelas de oro ligeras como paja y volátiles como polvo, necesitan más ser prensadas que pasadas por el laminador. El bueno de Toirac, que te agradó hablándote de mí, es demasiado indulgente o demasiado iluso cuando dice que conozco a los antiguos a fondo (mis amigos acabarían por volverme ridículo). O sea, los deletreo, y eso es todo. Toirac es un chico excelente, hombre ingenioso en la acepción francesa de la palabra, y además un caballero. Tiene un talento más que regular para componer versos ligeros, los de las epístolas de Voltaire. Yo lo veía con bastante frecuencia en París, y almorzábamos juntos. Si tienes cumplidos que relatarme al respecto, también los tengo sobre ti. Esta tarde ha venido uno de mis antiguos compañeros, primo de mi cuñado. Ha visto tu retrato y lo ha admirado considerablemente; lo ha tomado en sus manos, se ha acercado a la ventana y ha dicho, mirándolo: «Demonios, pero ¡qué hermoso es esto! ¡Qué hermosa figura! ¡Sí, encantadora, encantadora!», etc. Me ha hecho ilusión. ¿Era por ti o por mí? Sólo un gran moralista habría podido decirlo. […]


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