Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Aquà está la carta para la señora Foucaud. Quisiera estar ahÃ, en ParÃs, cerca de ti, y borrar con un beso cada pliegue triste que apareciese en tu frente al leerla, pues temo que vuelva a entristecerte. He obedecido al impulso de escribir a esa mujer. ¿He hecho bien en seguirlo? No lo sé. Soy un poco como Montaigne: «No soporto en mà contradicciones ni debates». Me ha venido esa idea, he cedido a ella, eso es todo. Si no me censuras, es que habré tenido razón, y si me lo reprochas, me habré equivocado. Me dirás sinceramente, amor, el efecto que te ha producido. La escribà hace un rato, bastante aprisa. Al releerla, acabo de comprobar que tenÃa un aire bastante desenvuelto, y que el conjunto era de una distinción bastante sólida. Esa criatura no tenÃa a su favor una inteligencia muy grande, pero no era eso lo que yo le pedÃa. Siempre recordaré que un dÃa me escribió autómata «otomate», lo que excitó mucho, muchÃsimo mi hilaridad (expresión parlamentaria). Aparte de los momentos puramente mitológicos, no tenÃa nada que decirle. Al cabo de ocho dÃas de haber vivido juntos habrÃa estado harto de ella. Todo el mundo no es como tú, pues tú tienes, para atraer a la gente, encantos secretos que no sospechan. ¿Crees que, desde que hay amantes en la tierra, muchos hayan recibido versos como los del cuaderno? Me mimas, me enorgulleces. No veo, mire a donde mire, un hombre amado por una mujer como tú. Yo que no me creÃa hecho para inspirar una pasión seria, me veo tan bien desmentido por ti, que si no me dejaras un poco de sentido común, me volverÃa fatuo y tonto.