Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Que el diablo me lleve si sé lo que quiero decir! Solamente que esta noche quisiera tenerte aquí, besarte en los labios, pasar mis manos bajo tus papillotes ligeros y colocar mi cabeza sobre tu pecho, aunque esto me esté prohibido desde que viste que hablaba del suyo a la señora Foucaud. ¿Es que encontraste mi carta algo tierna? Nunca lo habría pensado. Al contrario, opino que había en algún momento un poco de insolencia, y que el tono general era ligeramente estirado. Me dices que amé sinceramente a esa mujer. No es cierto. Sólo que, cuando le escribía, con la facultad que tengo de conmoverme con la pluma, me tomaba el tema en serio; pero solamente mientras escribía. Muchas cosas que me dejan frío cuando las veo, o cuando otros hablan de ellas, me entusiasman, me irritan, me hieren si hablo, y sobre todo si escribo al respecto. Es uno de los efectos de mi naturaleza de saltimbanqui. Mi padre, al final, me había prohibido imitar a determinadas personas (convencido como estaba de que yo había de sufrir mucho con ello, cosa que era cierta, aunque yo lo negara), entre otras a un mendigo epiléptico con quien me había encontrado un día a orillas del mar. Me había contado su historia; había sido primero periodista, etc.; era soberbio. Cierto es que cuando interpretaba a aquel individuo, estaba en su piel. No podía verse nada más repulsivo que yo en aquel momento. ¿Entiendes la satisfacción que me producía? Estoy seguro de que no.