Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Para volver a esa venerable criatura, ésta es toda la verdad respecto a ella. He tenido otras aventuras más o menos curiosas, pero de todas esas tonterÃas, que incluso entonces no me calaban muy hondo en el corazón, no tuve más que una pasión auténtica, ya te lo he dicho. Apenas tenÃa quince años; me duró hasta los dieciocho, y cuando volvà a ver a aquella mujer, después de varios años, me costó reconocerla. Aún la veo en ocasiones, pero rara vez, y la miro con el asombro que debieron de experimentar los emigrados al regresar a su castillo destartalado: «¿Es posible que yo haya vivido aquÃ?». Y uno se dice que esas ruinas no siempre lo fueron, y que uno se calentó ante ese hogar destrozado en el que gotea la lluvia y cae la nieve. HabrÃa que escribir una historia magnÃfica, pero no seré yo quien lo haga, ni nadie; serÃa algo demasiado hermoso. Es la historia del hombre moderno desde los siete años hasta los noventa. Quien realice esa tarea se hará tan eterno como el propio corazón humano.
Cuando quieras te contaré algo de ese drama desconocido que he observado no sólo en mÃ, sino también en los demás. A la mujer debe de ocurrirle algo semejante, pero no lo sé de fijo. Aún no he conocido a ninguna que me haya mostrado con franqueza las cenizas de su corazón. Quieren hacerte creer que en ellas todo es brasa; ellas mismas se lo creen. […]