Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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¿Quieres volverme loco de orgullo, a mí, a quien acusan ya de tener tanto? Ahora me admiras, me colocas aparte de los demás hombres, bien alto en el pedestal de tu amor. ¿Sabes que debo de tener la cabeza bien firme sobre los hombros, para que no me dé vértigo? ¡Tú! ¡Tú! ¡Te rebajas ante mí! ¡Te haces ínfima y pequeña! ¡Te sorprendo! ¡Te asombro! Pero ¿qué soy yo? ¿Qué valgo? No soy nada más que un lagarto literario, que se calienta todo el día al sol de la Belleza. ¡Eso es todo! No me vuelvas a decir, pues, cosas tan singulares y halagadoras, que me humillan en mi sentido común. Le diste lástima a Max, cuando te vio tan apenada, tan triste, tan enamorada. Para ti, será una agradable compañía; encontrarás en sus palabras amigas consuelos inesperados en los días de sufrimiento. Te repetirá que te quiero, que le hablo de ti a menudo… Me preguntas en tu última carta si me acuerdo del veintinueve de julio. ¡Si me acuerdo! Aquella noche también había fuegos artificiales en nosotros, y hermosa iluminación en nuestros corazones. Y al día siguiente, el jueves por la noche, en el carruaje, ¿recuerdas sobre todo un momento a la entrada de los Campos Elíseos, cuando permanecimos mucho rato sin hablarnos? Me mirabas con aire sombrío y tierno a la vez; yo veía brillar tus ojos bajo el sombrero. Siempre me vuelvo hacia ese recuerdo, hacia ti. Puedo decir, como Kalidasa: «Mi corazón retrocede hacia ti, como el banderín del estandarte que se lleva contra el viento».


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