Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿Por qué forzarnos, pobre querida mía? ¿Por qué no aceptar la vida como es, y nuestras situaciones como son, y querernos francamente sin meter tantas sutilezas? Hoy, mira, no he hecho más que pensar en ti. Esta mañana, al despertarme, he pensado en el estremecimiento que sentí en Mantes cuando noté en la cama tu muslo sobre mi vientre y tu cintura en mis brazos, y la impresión de esta meditación me ha durado todo el día. Pero ya no quieres que hable de todo eso; ¿de qué hablarte? Hablemos, pues, de otra cosa. Tienes razón, más te habría valido no amarme. La felicidad es un usurero que, por un cuarto de hora de dicha que te presta, te hace pagar todo un cargamento de desgracias.
Adiós, te beso, ¡y cómo! Yo sí sé cómo. Siempre así, ¿verdad? ¡Es tan delicioso! Me pican los labios, y me paso la lengua por ellos, como si acabaras de pasar la tuya. […]
[Croisset] Sábado, una de la madrugada [17-18 de octubre de 1846].