Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Te gustan los pañuelos azules. He encontrado uno mío que usé durante mucho tiempo. Te lo llevaré, con mis saleritos de esmalte. […] Sigues con la idea de venir a cuidarme aquí, si me pusiera enfermo. Te confieso que no me gustaría, por todas las escenas que provocaría el asunto. Además, nunca he entendido la manía que tienen los hombres de ir a mostrar sus heridas a aquellos a quienes hará sufrir su visión, de ir a buscar el corazón que te ama para hacerlo testigo de tu fiebre y de tu dolor. Esta práctica común es de un egoísmo indignante; y si quieres ahora que te confiese una debilidad, una miseria de mi naturaleza, estaría molesto por ti en ese estado, que siempre es ridículo. Siento pudor ante ciertas situaciones grotescas que me intimidan frente a ti. Pero ¿puedo acaso enfermar? ¿No está allá mi talismán? ¿Tu amor no preserva contra toda desdicha? Adiós, vida mía, un beso muy largo; paso la mano bajo tus papillotes, y levanto ligeramente sus puntas.

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[Croisset] Martes por la mañana [20 de octubre de 1846].

¿Qué pasa? ¿Estás enferma? ¿Se ha perdido una de mis cartas, o una de las tuyas? Ni una palabra desde el jueves por la mañana. Por favor, contéstame, contéstame de inmediato.


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