Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet El fondo de mi naturaleza es, digan lo que digan, el del saltimbanqui. En mi infancia y en mi juventud amé desesperadamente las tablas. Si el cielo me hubiera hecho nacer más pobre, quizá habrÃa sido un gran actor. Aún ahora, lo que me gusta por encima de todo es la forma, con tal que sea hermosa, y nada más. Las mujeres, que tienen el corazón demasiado ardiente y la mente demasiado exclusiva, no entienden esa religión de la belleza, con abstracción del sentimiento. Necesitan siempre una causa, una finalidad. Yo admiro tanto el oropel como el oro. Incluso es superior la poesÃa del oropel, porque es triste. Para mà no hay en el mundo más que los versos hermosos, las frases bien construidas, armoniosas, sonoras, las bellas puestas de sol, los claros de luna, los cuadros con colorido, los mármoles antiguos y las cabezas de rasgos acentuados. Más allá, nada. HabrÃa preferido ser Talma que Mirabeau, porque vivió en una esfera de belleza más pura. Los pájaros enjaulados me inspiran tanta lástima como los pueblos esclavos. En toda la polÃtica sólo hay una cosa que comprendo, y es el motÃn. Soy fatalista como un turco, y opino que todo cuanto podemos hacer por el progreso de la humanidad, o nada, es exactamente lo mismo. En cuanto a ese progreso, tengo el entendimiento obtuso para las ideas poco claras. Todo cuanto corresponde a ese lenguaje me revienta desmesuradamente. Detesto lo suficiente la tiranÃa moderna, pues me parece estúpida, débil y temerosa de sà misma; pero rindo profundo culto a la tiranÃa antigua, que considero como la más hermosa manifestación del hombre que haya existido. Soy ante todo el hombre de la fantasÃa, del capricho, de lo deslavazado. He pensado durante mucho tiempo y muy seriamente (no te rÃas, pues es el recuerdo de mis momentos más hermosos) en irme a Esmirna y hacerme renegado. Algún dÃa me marcharé a vivir lejos de aquÃ, y ya no se volverá a oÃr hablar de mÃ. En cuanto a lo que generalmente más afecta a los hombres, y que para mà es secundario, me refiero al amor fÃsico, siempre lo he separado del otro. Te vi burlarte de ello el otro dÃa, a propósito de ***; pues era mi historia. Eres precisamente la única mujer a la que he querido y que he conseguido. Hasta ahora me iba a calmar con unas los deseos inspirados por otras. Me has hecho mentirle a mi sistema, a mi corazón, quizá a mi naturaleza, que, siendo incompleta en sà misma, busca siempre lo incompleto.