Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet […] No recuerdo sino muy vagamente a esas dos señoras de las que me hablas en tu carta de esta mañana, y que fueron al taller un día en que estábamos allí. Creo que al contarlo has exagerado lo que pudieron decirte sobre mi famosa mirada. Son cosas de ésas que las mujeres, ordinariamente, no confiesan sentir. Cuando lo sienten, lo ocultan; y cuando lo manifiestan, es porque les interesa. Y ¿qué interés tenían en decirte eso, si no es quizá por un motivo de curiosidad, para ver qué sentías tú, o simplemente para decirte algo divertido, sin idea preconcebida? No creo tener los ojos atractivos ni seductores. Van a la naturaleza animal; llaman a los niños, a los idiotas y a los animales, a lo mejor porque he vivido mucho en ese mundo y porque he conservado algo de él, un aire de familia, una vieja semilla de naturalismo misterioso que la intensidad del pensamiento hace desbordarse al exterior, hacia los fenómenos que lo reproducen. Pero creo sinceramente que agrado a pocas mujeres; mucho, a algunos hombres. Bastantes me odian por instinto, y la mayor parte ni se fija en mí; eso lo tengo en común con todo el mundo.