Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¿No crees que se podrÃa hacer una hermosa novela sobre la historia de la señora D.? Tú, que estás en condiciones de verlo de cerca, deberÃas ocuparte. Tienes la mente fina, clara, precisa, cuando la pasión no te extravÃa; el fondo es ardiente y escéptico. Estudia bien esos personajes, completa en tu cabeza lo que la verdad material siempre ofrece truncado, y destácanos todo eso en un buen libro bien cargado, bien denso, variado de tono y de aspecto uniforme en el conjunto y en el color. Esos detalles técnicos que me das sobre el marido son curiosos. Voy a informarme al respecto y te diré lo que opina la ciencia. No hay que censurar, ni siquiera en el pensamiento, a esa mujer porque te parezca que en ella la pasión no suena lo bastante fuerte. Negar la existencia de los sentimientos tibios porque son tibios es negar el sol mientras no está a mediodÃa. La verdad está tanto en las medias tintas como en los tonos contrastados. Tuve un amigo auténtico en mi juventud que me tenÃa devoción, que habrÃa dado por mà su vida y su dinero; pero no se habrÃa levantado, para darme gusto, media hora antes que de costumbre, ni habrÃa acelerado ninguno de sus movimientos. Cuando se observa la vida con un poco de atención, se ven los cedros menos altos, y los juncos mayores. Sin embargo, no me gusta la costumbre que tienen algunos de rebajar los grandes sentimientos y de atenuar lo sublime que escapa a la naturaleza. AsÃ, el libro de Vigny, Servidumbre y grandeza de las armas, me chocó un poco al principio, porque vi en él una depreciación sistemática de la abnegación ciega (del culto al emperador, por ejemplo), del fanatismo del hombre por el hombre, en provecho de la idea abstracta y seca del deber, idea que jamás he podido captar y que no me parece inherente a la entraña humana. Lo hermoso que hay en el imperio es la adoración al emperador, amor exclusivo, absurdo, sublime, verdaderamente humano; por eso entiendo poco lo que significa para nosotros hoy la patria. Comprendo muy bien lo que era para el griego, que no tenÃa más que su ciudad, para el romano que no tenÃa más que a Roma, para el salvaje al que acosan en su selva, para el árabe, perseguido hasta debajo de su tienda. Pero nosotros, ¿acaso no nos sentimos en el fondo tan chinos como ingleses o franceses? ¿No van hacia el extranjero todos nuestros sueños? De niños, deseamos vivir en el paÃs de los loros, y de los dátiles confitados; nos elevamos con Byron o Virgilio, codiciamos el Oriente en nuestros dÃas de lluvia, o deseamos ir a hacer fortuna a las Indias, o a explotar la caña de azúcar a América. La patria es la tierra, es el universo, son las estrellas, es el aire, es el propio pensamiento, es decir, lo infinito dentro de nuestro pecho. Pero las querellas de pueblo a pueblo, de municipio a barrio, de hombre a hombre, me interesan poco, y sólo me divierten cuando constituyen grandes lienzos con fondo rojo. Releà ayer por la noche, solo junto al fuego, los versos de Mantes. ¿Sabes que son algo hermoso, muy hermoso? Estuviste inspirada, y mantengo lo dicho: no has escrito nada mejor. Me conmovió la lectura, y me estremecà de ternura hacia ti. Será un tesoro para mi vejez, y me parece verme ya con cabellos blancos, quebrado y tosiendo en mi sillón, levantándome para ir a coger en un cajón esta pequeña libreta de tafilete. […]