Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tengo el alma devoradora como el estómago, y capaz, como él, de prescindir casi de vivir. He perdido a muertos, he perdido a vivos, y he visto toda la estupidez vanidosa de mis dolores, cuando creía que estos afectos eran necesarios para mi vida. Nada es necesario ni útil. Hay cosas más o menos agradables; eso es todo. Reflexiona sobre el hecho de que nuestras alegrías, como nuestras desgracias, no son sino ilusiones ópticas, efectos de luz y de perspectiva. ¿No sientes que nos une un pacto? Aunque me olvides del todo, aunque ya no me escribas nunca más, yo no te olvidaré nunca; dentro de diez años me encontrarás, si me llamas; y quizás entonces me agradecerás el que te haya hecho llorar a veces, para impedir que llores siempre.
Escríbeme, anda; no te obligues a nada; escríbeme cuando te apetezca, cuéntame tus tristezas y tus fastidios, háblame de tus trabajos, cuéntame eso que está confinado en la trastienda. Quizá podré enviarte algún consuelo, alguna distracción al menos, lo que nunca es de desdeñar, pues la vida no está repleta de eso.
¡Si he sido tu último amor, quiero ser tu amistad más sólida! Además, cuando quieras volver a ver al amante, el amante obedecerá a ese deseo.
Adiós, mil cariños, siempre.
Domingo [20 de diciembre de 1846].