Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me pides explicaciones de cosas que se explican por sí solas. ¿Qué quieres que te diga, más de lo que ya te he dicho y sabes? Si, a pesar del amor que te retiene cerca de mi triste persona, mi personalidad hiere demasiado a la tuya, abandóname. Si sientes que es imposible, acéptame entonces tal como soy. ¡Te hice un regalo bien estúpido al procurarte mi trato! Ya he pasado de la edad en que se ama como tú querrías. No sé por qué cedí en esa ocasión. Me atrajiste, a mí que tanto desconfío de lo que atrae.
Bajo mi envoltura de juventud yace una vejez singular. ¿Qué es lo que me hizo tan viejo nada más dejar la cuna, y tan asqueado de la felicidad incluso antes de haberla probado? Todo lo que pertenece a la vida me repugna; todo lo que me arrastra hacia ella y me sumerge en ella me espanta. Querría no haber nacido nunca, o morir.
Tengo en mí, en lo hondo, un hastío radical, íntimo, acre e incesante que me impide saborear nada, y que me llena el alma hasta hacerla reventar. Brota a propósito de todo, como las carroñas hinchadas de los perros que vuelven a la superficie, a pesar de las piedras que les ataron al cuello para ahogarlos. Cuando desde un principio te grité que te equivocabas, con una ingenuidad que apreciaste poco, que debías olvidarme, que te dirigías a un fantasma y no a un hombre, no quisiste creerme. Sin embargo, debías haberme creído.